Oh, Señora,
tú, que rompiste el muro de la Vida,
rompe ahora
mi muro de dolor, mi antigua herida.



Que yo sea almudí,
depósito del trigo celestial;
brille tu luz en mí,
la luz que de tus velas fue inmortal;



ciudadela,
que guarde la hornacina salvadora;
centinela
del bien, de tu legado, mi Señora.



Con bondad, con amor,
mira mis ruinas grises, desoladas.
Concédeme el favor
de hacerlas catedrales consagradas.


Emma-Margarita R. A.-Valdés                


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Música: Aquí estamos tus hijos