Pies y manos le clavan sin luchar.
Sus brazos en la cruz, escarnecido,
son un abrazo abierto a quien le ha herido,
consagración de amor sobre el altar.

Llagado, solo y próximo a expirar
otorga su perdón en un gemido.
Absuelve con el último latido
al infiel que le va a crucificar.

Se olvidó de sí mismo. Con piedad
al buen ladrón por su sentir bendijo
concediéndole el Reino de su Padre.

Sabiendo la polémica hermandad
dijo a María: "Ahí tienes a tu hijo",
y dijo a Juan: "Ahí tienes a tu Madre".



La ingrata humanidad le ha ajusticiado.
Su queja, su clamor, su amante celo
extraña de su Padre el fiel consuelo:
¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?

Tiene sed de los hombres que ha salvado,
y no acepta el vinagre. Mira al cielo,
triunfante brinda al Padre su desvelo:
por Él la redención se ha consumado.

Cristo es fruto del árbol de la vida,
maduro en sacrificio sobrehumano,
rezumando en agraz su savia ungida.

La voluntad de Dios está cumplida,
deposita el espíritu en su mano,
y muere por amor al deicida.



Tembló la tierra, el cielo ennegreció,
un centurión y muchos comprendieron
realmente era Dios al que prendieron
y para ellos la Vida comenzó.

El velo del Santuario se rajó,
el signo de la Antigua Ley perdieron,
con una lanza al Bien acometieron
y una fuente de gracias le brotó.

Como el gusano de las profecías
se revela ante el mundo el nuevo Abel,
el Ser que descendió de las alturas.

El hijo de María es el Mesías,
es el Rey que unifica esta Babel
y destierra las lápidas oscuras.



Emma-Margarita R. A.-Valdés


Del libro:
"Antes que la luz de la alborada, tú, María"
Publicado con permiso de la Autora.
Prohibida su reproducción sin su expreso consentimiento.
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Música: Show Must Gone (Queen)