Salmo 127:3; 139:13-15.    Jeremías 1-4,5.    Lucas 1-15;41,44.    1 Samuel 2:6.
Gálatas 1:15.    Proverbios 6:16-17; 23:10; 24:11,12.    Génesis 1:27; 9:6; 25:21; 33:5.
Exodo 20:13.    Mateo 5:21.    Romanos 1:29; 12:2; 18:21.    
Revelaciones 21:8, 22:15.    1 Corintios 6:19.    Amós 1:13.    Deuteronomio 30:19-20.




- I -

¡Oh!, madre, ¿por qué me has desamparado?
Clamé en la noche por el nuevo día,
por beber de tus pechos la ambrosía
de tu amor, presentido y esperado.
Sentí el mortal puñal en mi costado,
taladró el corazón la mano fría,
aplastaron mis huesos, mi alegría,
como un despojo, madre, me han dejado.

Derramaron mi sangre sin piedad.
Una hambrienta jauría de mastines,
ansiosa de dinero y de festines,
descuartizaron vida en libertad.
¡Que indiferencia! ¡Cuánta atrocidad!.
Yo soy un ser creado en tus confines
por un Dios, para acometer los fines
dispuestos por sagrada voluntad.

Me han arrojado, madre, a la escombrera,
soy del mundo uno más en la basura
que acumula el pecado, es la locura,
y tú me has abatido, ¡qué ceguera!.
Adiós, madre, me alejo de tu vera,
de tus brazos colmados de ternura,
me uniré con el Padre de la Altura
y rezaré por ti en mi dulce espera.







- II -

¡Oh!, hijo mío, yo nunca te he olvidado,
tu grito permanece en mis entrañas
como un eco de luz.
Llegaste en mal momento,
cuando rondaba el sanguinario lobo
y el mundo lo admitía.
Quería y no quería acogerte en mis brazos,
vacíos y anhelantes.
Luchaban en mi pecho halcones y palomas
sobre el nido desierto.
Circunstancias humanas, presión social, temor,
trabajo, desamparo, soledad,
fueron tus asesinos.
Y yo también te di mi puñalada,
la mancha de tu sangre está en mis manos
aún caliente y espesa.
Recuerdo el mal momento,
deseaba saber si tú eras niño o niña,
me ahogaba la ansiedad de ciego olvido
del vientre acuchillado en cobardía.
Y aún te evoco, hijo mío, y me pregunto:
¿cuántos años hubieras granado para el fruto
si en mi pecho encontraras protección?,
¿en qué te ocuparías? ¿cómo serías hoy?,
¿mi corona de espinas o mi flor?.
¡Oh!, hijo mío, te pido
perdón por tu dolor y mi pecado.







- III -

¡Oh! mundo, ¿por qué me has abandonado?.
Soy tu Dios creador, tu Padre eterno,
que sufrí por salvarte del infierno
y fui, por tu ambición, crucificado.

Confeccionas un ídolo dorado,
te ciegas con fulgor de lo moderno,
te envuelves con las nubes del invierno
y asesinas el fruto fecundado.

Algún día la cima alcanzarás,
el lugar de la luz en la alborada,
y escucharás la voz: ¡No matarás!.

Triunfaré en la batalla a Satanás,
te guiaré por la oscura encrucijada
y en mi morada, ¡oh! mundo, habitarás.







- IV -

Perdóname, Señor, yo no sabía
que en mi interior habías santificado
al hijo, al nuevo ser que en mí crecía.

Le tejiste en mi seno, le has formado,
desde la eternidad le conocías
y yo rompí un designio tan sagrado.

Fui arrastrada por nuevas herejías
y no quise aceptar el sacrificio
cegada por humanas cobardías.

¡Evocar es desgarrador cilicio!.
Sólo Tú eres el Dios de muerte y vida,
tu Espíritu habitaba en su edificio.

Para su alumbramiento fui elegida,
por generoso amor en mí sembraste
la divina semilla concebida.

¡Indúltame, Señor!. Tú condenaste
sacrificar al vástago inocente.
Quizá por mi dolor me perdonaste.

Yo derramé su sangre, soy consciente
de que dice tu ley "No matarás".
Tu veredicto es merecidamente.

Ahora sé que cuidándonos estás
y respetas la libertad humana.
Cometí un triste error. ¿Te apiadarás?

Siento a mi hijo en la noche, en la mañana,
en ráfagas dolientes del recuerdo,
y me arrepiento, ¡oh, Dios!, pues fui inhumana.
Si me condenas, Padre, estoy de acuerdo.







- V -

Yo soy tu único Dios,
el Señor de la muerte y de la vida.
¿Quién eres tú para adueñarte
de lo que yo formé en tu seno?
Yo había consagrado
el fruto vivo de tu vientre.
Un porvenir que tú tronchaste en lozanía
antes de amanecer en su trayecto.
Tu pecado acrecienta tu delito,
infanticidio injusto, crimen abominable.
¡No matarás!, te dije un día.
Era un ser indefenso
creciendo en el calor de tus entrañas,
latiendo para amarte.
Hoy sientes un vacío y un dolor
que asciende hasta la cumbre
de tu sediento corazón herido.
Jamás lo olvidarás, ¡jamás!,
tu pensamiento será tu carcelero,
te mostrará tu culpa y tu tristeza,
no podrás evadirte.
Mas, por mi redención
y tu esencial clamor atormentado,
serás justificada.



Emma Margarita R.A.-Valdés          

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Música: Schindler's List y latidos de corazón.