Sentada tú en el cuarto, silenciosa,
junto a la tibia mesa de camilla,
la lana azul posada en tus agujas,
y yo a tu lado, mudo, trabajando.

Llueve en la calle.

Aire de Madre vivo y de tahona.
Es el canto sin voz de la presencia,
que hace que alma llore lentamente
de saberse querido sin esfuerzo.



Y todos los colores se van difuminando.
Entre dos brumas, tú, entre dos brumas,
el frío de la calle y el espasmo
de mí no nada en caza de infinitos.

Llueve por dentro.

Hablamos sin hablarnos de su hijo
entre mis libros prietos, filosóficos,
y en el lenguaje blanco de sus manos
uno por uno van saltando versos.



Qué sensación de niño adulto empobrecido,
cansado ya, en olvido de las cosas,
busca que busca un todo en el amor vacío,
niño de Virgen, niño simplemente.

Llueve cantando.

Vendrá la noche. Tendré ciega la duda.
Arreciará en el cuerpo la tormenta.
Presencia clara. Presencia amanecida.
Madre para los ojos y el silencio.


Pedro Miguel Lamet, SJ           


Del libro: "Del mar y el peregrino" - Madrid, 1972
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Música: A tu lado