Los azotes desgarran su figura
con la mano brutal de la injusticia,
el desprecio, del odio y la malicia
de un mundo anonadado en su hermosura.

Es un surco sangrante su ternura.
Esparce la semilla, la primicia
del fruto inmaculado. La sevicia
del látigo su génesis madura.

Se somete al martirio con valor.
Su silencio es la voz de enamorado
eximiendo al amado del castigo.

Atado a la columna del dolor,
el cuerpo malherido, lacerado,
es oblación de excepcional amigo.



Le fustigan con fuertes latigazos,
le flagelan con pesos en la cuerda.
Cesan de cuando en cuando, que no pierda
la vida por continuos cimbronazos.

Le arrancan piel y carne en mil pedazos
los sádicos soldados, y así muerda
su humillación, el barro le remuerda
y afirme que Satán le ató en sus lazos.

Pilatos sólo intenta complacer
a los que actúan alevosamente
por orgullo, codicia y vanidad.

No desea valerse del poder
para causar la muerte a un inocente
que insiste, torturado, en la Verdad.



Le despojan de humana dignidad,
amancillan su honor y su derecho
como persona libre. Y por su pecho
surge el oasis de la caridad.

Es enorme su celo y su bondad.
No permite en su ánimo el despecho
por lesiones y ofensas que le han hecho
y con su sangre sella su piedad.

Subsiste, solitario, abandonado,
su pueblo ya ha elegido a Barabbás,
y ha pedido que a Él le crucifiquen.

Desvalido, maltrecho, ensangrentado,
va al sacrificio, sin volverse atrás;
llegará el día en que le glorifiquen.



Emma-Margarita R. A.-Valdés        


Del libro:
"Antes que la luz de la alborada, tú, María"
Publicado con permiso de la Autora.
Prohibida su reproducción sin su expreso consentimiento.
email de la Autora: emmarav@teleline.es


 

Música: Great White