Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.


VIII

Qué vivo dolor aflige
a estas mujeres piadosas,
madres, hermanas, esposas,
sin culpa del "crucifige".
Jesús a ellas se dirige.
Sus palabras oídlas bien:
- Hijas de Jerusalén.
Llorad vuestro llanto, sí,
por vosotras, no por mí.
Por vuestros hijos también.
-

Por nosotros mismos, cierto.
Pero ¿quién por Ti no llora?.
Haz que llore hora tras hora
por mí tibio y por Ti yerto.
Riégame este estéril huerto.
Quiébrame esta torva frente.
Ábreme una vena ardiente
de dulce y amargo llanto,
y espanta de mí este espanto
de hallar cegada mi frente.